Asesorar a un catering exige una lógica distinta a la de un restaurante. Aquí no hay servicio diario que compense desviaciones: cada evento es una unidad de negocio independiente donde el margen se juega en el presupuesto, antes de encender un fogón.
La estructura de costes es eminentemente variable, la plantilla se dimensiona evento a evento y la logística de transporte, montaje y desmontaje en ubicaciones siempre distintas pesa tanto como la cocina. A eso se suma una estacionalidad que concentra la caja en unos pocos meses y obliga a planificar con precisión.
Cuando quien te acompaña entiende este modelo, no te habla de recetas ni de servicio en sala: te habla de escandallos por comensal, de dimensionamiento de equipos eventuales, de rutas de reparto y de cómo fijar precios que aguanten imprevistos sin descuadrar el evento.
